Aves de Chile, de plumaje negro,
nacidas
entre la cordillera y las espumas,
aves hambrientas,
pájaros sombríos,
cernícalos, halcones,
águilas de las islas,
cóndores coronados por la nieve,
pomposos buitres enlutados,
devoradores de carroña,
dictadores del cielo,
aves amargas,
buscadoras de sangre,
nutridas con serpientes,
ladronas,
brujas del monte,
sangrientas
majestades,
admiro
vuestro vuelo.
Largo rato interrogo
el espacio extendido
buscando el movimiento
de las alas:
allí estáis,
naves negras
de aterradora altura,
silenciosas estirpes
asesinas,
estrellas sanguinarias.
En la costa
la espuma sube al ala.
Acida luz
salpica
el vuelo
de las aves marinas,
rozando el agua cruzan
migratorias,
cierran de pronto
el vuelo
y caen como flechas
sobre el volumen verde.
Yo navegué sin tregua
las orillas,
el desdentado litoral, la calle
entre las islas
del océano,
el grande mar Pacífico,
rosa azul de pétalos rabiosos,
y en el Golfo de Penas
el cielo
y el albatros,
la soledad del aire y su medida,
la ola negra del cielo.
Más allá,
sacudido
por olas y por alas,
cormoranes,
gaviotas y piqueros,
el océano vuela,
las abruptas
rocas golpeadas por el mar se mueven
palpitantes de pájaros,
se desborda la luz, el crecimiento,
atraviesa los mares hacia el norte
el vuelo de la vida.
Pero no sólo mares
o tempestuosas
cordilleras andinas
procreadoras
de pájaros terribles,
eres,
oh delicada patria mía:
entre tus brazos verdes se deslizan
las diucas matutinas,
van a misa
vestidas con sus mantos diminutos,
tordos ceremoniales
y metálicos loros,
el minúsculo
siete colores de los pajonales,
el queltehue
que al elevar el vuelo
despliega su abanico
de nieve blanca y negra,
el canastero y el matacaballo,
el fringilo dorado,
el jacamar y el huilque,
la torcaza,
el chincol y el chirigüe,
la tenca cristalina,
el zorzal suave,
el jilguero que danza sobré el hilo
de la música pura,
el cisne austral, nave
de plata
y enlutado terciopelo,
la perdiz olorosa y el relámpago
de los fosforescentes picaflores.
En la suave cintura de mi patria,
entre las monarquías iracundas
del volcán y el océano,
aves de la dulzura,
tocáis el sol, el aire,
sois el temblor de un vuelo en el verano
del agua a mediodía,
rayos de luz violeta en la arboleda,
campanitas redondas,
pequeños aviadores polvorientos
que regresan del polen,
buzos en la espesura de la alfalfa.
Oh vivo vuelo!
Oh viviente hermosura!
Oh multitud del trino!
Aves de Chile, huracanadas
naves carniceras
o dulces y pequeñas
criaturas
de la flor y las uvas,
vuestros nidos construyen
la fragante unidad del territorio:
vuestras vidas errantes
son el pueblo del cielo
que nos canta,
vuestro vuelo
reúne las estrellas de la patria.
«Oda a las aves de Chile» en Odas elementales (Pablo Neruda, 1954)




