Marzo 5, 2026

Oda al barco pesquero

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De pronto en noche pura
y estrellada
el corazón del barco, sus arterias,
saltaron,
y ocultas
serpentinas construyeron
en el agua
un castillo
de serpientes:
el fuego aniquiló cuanto tenia
entre sus manos
y cuando con su lengua
tocó
la cabellera
de la pólvora
estalló
como un trueno,
como aplastada cápsula,
la embarcación pesquera.

Quince
fueron los
muertos
pescadores,
diseminados
en
la noche fría.

Nunca
volvieron de este viaje.
Ni un solo dedo de hombre,
ni un solo pie desnudo.

Es poca muerte quince
pescadores
para el temblé
océano
de Chile,
pero
aquellos
muertos errantes,
expulsados
del cielo y de la tierra
por tanta soledad en movimiento,
fueron
como ceniza
inagotable,
como aguas enlutadas
que caían
sobre
las uvas de mi patria,
lluvia,
lluvia
salada,
lluvia devoradora que golpea
el corazón de Chile y sus claveles.

Muchos
son,
sí,
los pobres
de la mina
tragados
por la negra
marea de la tierra,
comidos
por
los sulfúricos
dientes
del mineral andino,
o en la
calle,
en la usina,
en el
tristísimo hospital
del desamparo.
Sí,
son
siempre
pobres
los elegidos
por la muerte,
los cosechados en racimo
por las manos heladas
de la cosechadora.

Pero éstos
aventados
en plena, en plena sombra,
con estrellas
hacia todas las aguas
del océano,
quince
muertos
errantes,
poco
integrados
a la sal, a la ola,
a las espumas,
éstos
sin duda
fueron
quince
puñales
clavados
al corazón marino
de mi pobre
familia.

Sólo
tendrán el ancho
ataúd de agua negra,
la única luz
que velará
sus cuerpos
será
la eternidad
de las estrellas,
y mil años
viuda
vagará por el cielo
la noche del naufragio,
aquella noche.

Pero
del mar
y de la tierra
volverán
algún día
nuestros muertos.
Volverán
cuando
nosotros estemos
verdaderamente
vivos,
cuando
el hombre
despierte
y los pueblos
caminen,
ellos
dispersos, solos, confundidos
con el fuego y el agua,
ellos,
triturados, quemados,
en tierra o mar, tal vez
estarán reunidos
por fin
en nuestra sangre.
Mezquina
sería la victoria sólo nuestra.
Ella es la flor final de los caídos.

*

 

«Oda al barco pesquero» en Odas elementales (Pablo Neruda, 1954)

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