Crespo ramo en la sombra sumergido:
gotas de agua violeta
y luz salvaje
subieron con tu aroma:
una fresca hermosura
subterránea
trepó con tus capullos
y estremeció mis ojos y mi vida.
Una por una, flores
que alargaron
metálicos pedúnculos,
acercando en la sombra
rayo tras rayo de una luz oscura
hasta que coronaron
el misterio
con su masa profunda de perfume,
y unidas
fueron una sola estrella
de olor remoto y corazón morado.
Ramo profundo,
íntimo
olor
de la naturaleza,
pareces
la onda, la cabellera,
la mirada
de una náyade rota
y submarina,
pero de cerca,
en plena
temeridad azul de tu fragancia,
tierra, flor de la tierra,
olor terrestre
desprendes, y tu rayo
ultravioleta
es combustión lejana de volcanes.
Sumerjo en tu hermosura
mí viejo rostro tantas
veces hostilizado por el polvo
y algo desde la tierra
me transmites,
y no es sólo un perfume,
no es sólo el grito puro
de tu color total, es más bien
una palabra con rocío,
una humedad florida con raíces.
Frágil haz de violetas
estrelladas,
pequeño, misterioso
planetario
de fósforo marino,
nocturno ramo entre las hojas verdes,
la verdad es
que no hay palabra azul para expresarte:
más que toda palabra
te describe un latido de tu aroma.
«Oda a un ramo de violetas» en Odas elementales (Pablo Neruda, 1954)




