Fundación Pablo Neruda conmemora este 2025 los “75 años de Canto General”, libro fundamental del poeta Pablo Neruda, una de las obras más influyentes de la poesía Americana y universal.
Pablo Neruda escribió que Chile ha tenido solo dos grandes presidentes: José Manuel Balmaceda y Salvador Allende. Agrega el poeta que Balmaceda “estaba condenado a conducirse como un iluminado, como un soñador: su sueño de grandeza se quedó en sueño. Después de su asesinato, los rapaces mercaderes y los parlamentarios criollos entraron en posesión del salitre: para los extranjeros la propiedad y las concesiones; para los criollos, las coimas.” Balmaceda fue derrotado. Pero coimas, cohechos y similares han seguido vigentes en Chile, hasta hoy.
En el poema sobre el presidente mártir, “Balmaceda de Chile (1891)” de Canto general, Neruda enfrenta al presidente Balmaceda con Mr. North, un inglés que trabajó en los yacimientos del salitre y se convirtió en Rey del nitrato. En este poema North aparece regresando a Chile desde Londres forrado en libras esterlinas y con valiosos regalos para corromper a Balmaceda. No lo consigue, porque Balmaceda quiere el salitre para el progreso de Chile y de su pueblo. Entonces North se instala en los clubes de aristócratas. Allí invita a comidas suntuosas y reparte otros estímulos para quedarse con la explotación salitrera y con los ferrocarriles que la transportan hacia los puertos donde se embarcan hacia todo el mundo.
Balmaceda fue un político brillante y desdichado. También fue nostálgico y culto. Uno de los momentos trágicos de su vida fue la muerte prematura de su hijo, el escritor Pedro Balmaceda. Entonces, en La Moneda se reunía un grupo de autores del que formó parte el joven Rubén Darío.
Balmaceda propiciaba la modernización del país a través del desarrollo económico con un ambicioso plan de obras públicas, y con énfasis en la educación pública y el desarrollo de la industria nacional a través de inversiones del estado. Asimismo fomentaba la descentralización, perseguía la consagración constitucional de la “libertad de los cultos”
Al comenzar su testamento político proclamaba:
“Mientras subsista en Chile el Gobierno parlamentario en el modo y forma que se ha querido practicar y tal como lo sostiene la revolución triunfante, no habrá libertad electoral ni organización seria y constante de los partidos, ni paz en los círculos del Congreso”.
Balmaceda fue un héroe trágico. Esta condición se manifiesta especialmente en el último capítulo de su vida. Cuando le faltaba poco para terminar su período presidencial, sus adversarios políticos se levantaron para derrocarlo. Contaban con el apoyo de la marina y en los barcos de esta se apoderaron de las provincias del norte. Así se quedaron con la enorme riqueza salitrera del país. Había estallado la guerra civil. El ejército, que permaneció leal a Balmaceda, fue derrotado en las batallas de Concón y Placilla. Esta última ocurrió en 28 de agosto de 1891.
En Santiago y otras ciudades del país, las propiedades de los leales al gobierno derrocado sufrieron saqueos y en ocasiones atentados incendiaros.
Balmaceda pidió refugio en la Legación argentina. El embajador Uriburu se lo concedió. Así, pasó la primera noche bajo su protección, que duraría por 22 días.
Emilio Rodríguez Mendoza, en su libro Últimos días de la administración Balmaceda, señala que “al caer la tarde del día siguiente eran ya quinientas las casas saqueadas. Partidarios del régimen derrotado acudían a las legaciones de distintos países en busca de protección”. Así, cada legación se convertía en un campamento improvisado. Apunta Rodríguez Mendoza: “Ante la falta de comodidades y dormitorios dormían en los mismos salones hombres y mujeres, circunstancia de la cual no tenía por qué protestar la moral.”
Más adelante Rodríguez anota: “Se dormía a calzón puesto y fue tan grande el lujo de corrección de los asilados, que cuando por casualidad alguno salía con demasiada frecuencia, andaba en puntillas para que algún mal pensado no fuera a imaginarse que era el miedo el que comenzaba a pasearse a lo largo de sus tripas…”
A medida que pasaban los días, el presidente Balmaceda se daba cuenta de que estaba en una situación sin salida. La alta consideración que tenía por su cargo hacía impensable un intento de fuga, necesariamente disfrazado u oculto, ambas cosas lesivas contra su dignidad. Tampoco podía permanecer indefinidamente en la legación argentina, poniendo en peligro a Uriburu y a su familia. El presidente decidió suicidarse pero solo una vez terminado el tiempo del mandato para el que había sido elegido. Esto era el 19 de septiembre de 1891.
Neruda concluye su poema sobre Balmaceda de la siguiente manera:
Es tarde ya, escucha disparos / asilado, los gritos vencedores, / el salvaje malón, los aullidos / de la “aristocracia”, escucha / el último rumor, el gran silencio, / y entra con él, recostado, a la muerte.
Texto: Por Darío Oses




